A mis maestros, gracias por la vida

sábado, 7 de julio de 2012

Sus figuras se fueron diluyendo como el agua que desaparece entre la arena, pero sus imágenes y sus recuerdos permanecen, estoy seguro, en los corazones y en las memorias de sus miles de alumnos que hoy andan por todo el mundo...

- Por: Arturo Cruz Salazar, periodista

Eran las hermanas Morón. Eran Mary y Mina y vivían en la cuadra 4 del jirón Italia, en La Victoria, en Lima, Perú. Estaban hacia un lado, el jirón Huascarán a media cuadra, la avenida Manco Cápac a cuadra y media, y a cuatro el Paseo de La República por donde aun discurrían los tranvías eléctricos; hacia el lado opuesto, estaba a media cuadra el jirón Luna Piz...arro y allí terminaba el jirón Italia porque la Unidad Vecinal de Matute estaba aún en proyecto.

El entorno social a diferencia de hoy, era muy tranquilo. Hasta la casita de las hermanas Morón, al lado de un corraloncito tipo "El Chavo del Ocho", llegaban desde madres humildes llevando a sus niños pequeños de la mano, hasta señoras elegantes que bajaban de autos con sus niños bien vestiditos. Todas esas mamás querían que las hermanas Morón enseñen las primeras letras a sus pequeños, y muchas veces llegaban cuando ya no habían vacantes.

Corrían los años 50, el General Manuel Odría terminaba su periodo de dictador y se aprestaba a participar en elecciones generales, y Lima era visitada por estrellas de la época como Bobby Capó, Jorge Negrete, Leo Marini, mientras el teatrín de Radio Victoria reventaba cada mediodía presentando a "Los Embajadores Criollos".

Las madres que se preciaban de preocuparse de la educación de sus pequeños -los papás casi no aparecían- tenían como concepto unánime que la mejor enseñanza de las primeras letras la daban las hermanas Morón, y que la educación Primaria se tenía que seguir -obligadamente- en el colegio de "Cuatro Pelos", apelativo irreverente pero cariñoso que habían dado al Director del colegio fiscal Andrés Avelino Cáceres, don Luis Enrique Bravo Cossio, el otro baluarte de la educación en La Victoria, cuya fama había trascendido también límites distritales.

Las hermanas Morón, en su "Escuelita del Niño Jesús", tomaban cada año a no más de 30 alumnos, entre niños y niñas, divididos por edad en dos pequeñas aulas acondicionadas en su sala de unos cino por seis metros. Y parecía mentira cómo en esos pequeños recintos podía caber tanto amor y tanta paciencia derramada a raudales por dos mujeres que siendo jóvenes en esa época siguieron entregando su sus vidas a sus niños hasta quedar solteras a fuerza de declinar propuestas de hombres buenos que aspiraban a formar hogar porque ayudaban a madres angustiadas que no alcazaron matrícula formal para que den clases a sus niños, pasadas las 6 de la tarde o los sábados.

Increíblemente, nunca se aprovecharon de nadie porque las pensiones mensuales eran en extremo cómodas no obstante la gran calidad de su trabajo. Por allí pasaron muchos niños que entraron a estudiar en el colegio de "Cuatro Pelos" y luego postularon a la secundaria -porque antes se daba examen de ingreso para estudiar la "Media" como se le llamaba- ingresando casi siempre con notas sobresalientes.

El "Señor Bravo" como lo llamaban las mamás cuando hablaban con él, era un señor blancón, más bien delgado, más o menos 1.62 m. de estatura, siempre de terno, obviamente calvo con canas en el contorno de la cabeza pero siempre con evidencia de pasar con frecuencia por la peluquería, y siempre limpio. Si los padres de un alumno llegaban para hablar con él jamás los atendía en camino o parado en algún punto abierto. Los hacía pasar a su oficina, con la mayor comodidad y los escuchaba. Y decidía ...¡pero decidía!.

Una vez, en primero de primaria, por alguna razón hubo un cambio de profesora a medio año y la maestra que llegó me cogió ojeriza desde el comienzo. Todas las tareas que yo hacía tenían reparos de su parte. Por esa razón, yo levantaba la mano con frecuencia cuando ella preguntaba algo y decía ¿quien sabe?. Y recuerdo la más grotesca: pidió que alguien le diga "un ejemplo de animal". Levanté la mano, recordando que mi abuela tenía una lora y dije "El loro señorita". Ella me dijo "Tienes 05, el oro es un metal". De nada valió que le repita que dije lo-ro, lo-ro. Igual me puso 05 y ese último bimestre me jaló, me desaprobó, y eso bajó mi promedio anual más o menos de 18 a un infame 11.

Le conté todo a mi madre, y ella recurrió al adusto "Cuatro Pelos" quien a su vez llamó a la maestra y le dijo "Señora, en 48 horas le toma un nuevo examen a este joven y vamos a estar usted, su mamá y yo". Ese día mi madre era un paquete de nervios, yo temía que me dieran ganas de ir al baño y mi padre me había dado toda su confianza. La maestra me preguntó no sólo del bimestre sino de todo el año, y le respondí todo, sin titubear. Estaba indignado. Al final, el señor Director le preguntó a la maestra "¿Qué nota le va a poner?". Ella, sin levantar la mirada del papel que tenía delante le dijo "Le pongo 18...". Cuando nos despedimos del director rato después, me dijo en voz baja: "¿Ya ves? Cuando uno estudia y sabe, siempre, siempre gana". Nunca me olvidé de eso.

Este señor maestro estaba cada día en la puerta del colegio, observando, observando tanto al ingreso como a la salida. Muchas veces hizo regresar a algunos chicos. "Jovencito... no se sale corriendo del colegio, puede atropellar a alguien o lo pueden atropellar... vuelva a ingresar y salga como debe ser" era un incidente clásico. Otras veces tenían que volver a salir y despedirse de su mamá, su papá, o quien los hubieran ido a dejar. Y las demás profesoras eran todas unas madres enérgicas pero esmeradas en atender a sus alumnos.

En ese colegio estudié hasta cuarto de primaria. La imagen del Señor Luis Enrique Bravo se me fue perdiendo luego entre la bruma, conforme pasaba el tiempo. El quinto de primaria lo estudié en el colegio Pedro A. Labarte, donde descubrí a mi maestro, el doctor Celestino Durand Arteaga, el guía que me hizo descubrir a César Vallejo , quien me presentó a Paco Yunque, a quien nunca he podido olvidar ni dejar de lado.

Destino discreto y hasta trágico el de nuestros maestros. Las hermanas Morón quedaron al final, como dije, solteras, solas porque nunca tuvieron hijos biológicos, y los que tuvieron espirituales, se lanzaron a la conquista de la vida. Años después supe que Mary Morón terminó ciega y que Mina había estado muy enferma, y ya no supe más.

El Señor Bravo fue obligado a jubilarse "para que descanse" y tuvo que dejar la docencia que fue su vida. Todo ésto, en los tres casos, sin bombos ni platillos, sin estridencias ni homenajes rimbombantes. Sus figuras se fueron diluyendo como el agua que desaparece entre la arena, pero sus imágenes y sus recuerdos permanecen, estoy seguro, en los corazones y en las memorias de sus miles de alumnos que hoy andan por todo el mundo, porque hay muchos residiendo en el extranjero.

A ellos, a mis maestros, mi homenaje en este día. Quien haya tenido la paciencia de leer ésto, sepa que no pude resistir enfrascarme en estos 30 minutos, en esta confesión de gratitud y cariño a quienes me dieron tanto. Secundaron a mis padres y sin ellos, no hubiera sabido descubrir a Dios por sobre todo, ni tener noción de justicia y libertad, ni de valores como la lealtad, la amistad, la solidaridad. Hasta todos los días, maestros míos.

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