Cambios necesarios en la docencia peruana

viernes, 25 de marzo de 2016

EL PERUANO/José Linares Gallo. Albert Einstein, además de un genio de la física, fue creador de máximas contundentes aplicables a toda ocasión. Quizá una de las más famosas es esa que dice que “la mente es como un paracaídas: solo funciona si la tenemos abierta”. Y una segunda que parece complementaria para efectos de este artículo es que “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

Y en el Perú lamentablemente lo que estamos haciendo en el tema educativo por décadas es más de lo mismo. Queremos cambios en los resultados (mejores rendimientos de aprendizaje en las pruebas Pisa para que nos saquen de coleros), pero insistimos en lo mismo. El corazón del problema –que es la formación de nuestros docentes– no ha sido tocado hasta ahora a nivel de política pública; por lo que es necesario incluirlo en el debate electoral.


Cambios necesarios en la docencia peruana

El período que va entre 1990 y 2003 fue el boom de las instituciones de formación docente, explicadas principalmente por el crecimiento súbito de los institutos de formación docente de iniciativa privada. Para luego –a partir del 2003– caer en picada como efecto de una saturación del mercado. El boom no fue antojadizo. De hecho respondió al objetivo estatal de universalizar la educación primaria.

No es difícil concluir que durante el período del boom los institutos de reciente fundación echaran mano –para conformar sus respectivos planteles docentes– de profesores poco calificados. Después de todo, el Estado no sería muy meticuloso con su reclutamiento. Y el mercado no proporcionaba los profesionales adecuados. Institutos y Estado miraron hacia otro lado en un acuerdo implícito y fue con este convenio oculto que creció una inmensa cantidad de docente poco preparada.

Las secuelas de este boom se evidencian en la existencia de decenas de miles de docentes egresados que no aplican su profesión y en la deficiente calidad con la que egresan. Hugo Díaz (2015), por lo pronto, expresa que 170,000 maestros “postulan a cuanto concurso de contrato o nombramiento se organiza”.

Y respecto a la calidad con la que son formados, revela que en evaluación realizada en el 2013 demostraba que los estudiantes de los institutos superiores pedagógicos públicos que concluían la carrera mostraban graves deficiencias. En matemática, por ejemplo, el 74% tuvo el más bajo desempeño y en el área de comunicación solo el 8.1% registró desempeño suficiente.

No es difícil concluir que durante el período del boom los institutos de reciente fundación echaran mano –para conformar sus respectivos planteles docentes– de maestros poco calificados. Después de todo el Estado no sería muy meticuloso con su reclutamiento, y el mercado no proporcionaba los docentes adecuados. Institutos y Estado miraron hacia otro lado en un acuerdo implícito y fue con este convenio oculto que creció una inmensa cantidad de docentes poco preparada.

Las secuelas de este boom se evidencian en la existencia de decenas de miles de docentes egresados que no aplican su profesión y en la deficiente calidad con la que egresan. Hugo Díaz, por lo pronto, expresa que 170, 000 maestros “postulan a cuanto concurso de contrato o nombramiento se organiza”.

Y respecto a la calidad con la que son formados, Díaz revela que en evaluación realizada en 2013 los estudiantes de los institutos superiores pedagógicos públicos que concluían la carrera mostraban graves deficiencias. En matemática el 74% tuvo el más bajo desempeño y en el área de comunicación solo el 8.1% registró desempeño suficiente.

Es cierto que son muchos los factores concurrentes en la calidad de la educación. El clima educativo en el hogar y la buena alimentación son factores claves. Pero es obvio que aun en el mejor de los mundos ninguna sociedad progresa con docentes deficientes.

Nuestros médicos, con las grandes limitaciones instrumentales, las inhumanas jornadas de trabajo y sus bajas remuneraciones, siguen haciendo su trabajo de manera aceptable. ¿Podemos decir lo mismo de nuestros docentes?

Pareciera que no y esto fundamentalmente es por el hecho que para ser médico hay que tener inevitablemente vocación, ya que contando el tiempo que dura el internado, el Serum y la residencia, es una carrera de largo aliento que exige constancia y estoicismo que solo la vocación proveen. En la docencia, en cambio, un riguroso estudio efectuado por la Pontificia Universidad Católica del Perú mostraba que menos del 50% de docentes tenía vocación por la enseñanza.

En este clima donde el exceso de la oferta de docentes es un rasgo y la devaluación de su aporte social es otro, es casi inevitable que el Estado –aplicando la racionalidad o los principios de mercado– mantenga a raya sus remuneraciones. Pero aquí pagan justos por pecadores. Y bajo este clima no hay esperanza alguna.

En consecuencia, el nuevo gobierno no solo deberá pisar el acelerador para incorporar a la carrera magisterial a cuanto docente lo merezca, sino que debe anunciar que la carrera docente es una profesión abierta a todas las especialidades: ingenieros, economistas, historiadores, etcétera. El Estado, después de todo, debe estar enfocado en proveer al niño lo mejor de su sociedad y no únicamente proporcionar plazas a los docentes.

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